miércoles, 4 de septiembre de 2019

Biografía

¿Con qué frecuencia contamos nuestra propia historia de vida? ¿Con qué frecuencia ajustamos, embellecemos, hacemos cortes astutos? Y cuanto más dura la vida, menos personas están alrededor para desafiar nuestra cuenta, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra vida, simplemente la historia que hemos contado sobre nuestra vida. Contada a otros, pero principalmente a nosotros mismos.
- Julian Barnes, El sentido de un final
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Andrés Felipe Pinzón Hernández
Universidad del Rosario
Estilos argumentativos 2

En promedio una persona es capaz de dar cerca de 4.000 pasos al día, es decir,  cerca de 28.000 pasos a la semana. A largo de nuestra vida, independientemente de la edad, nos encontramos expuestos y rodeados a miles de entornos en nuestra rutina diaria, es por eso que las situaciones pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos, o mejor, de un paso al otro. Este, como el de millones de personas en el mundo, es mi caso.
Mi nombre es Andrés Felipe Pinzón Hernández, un universitario promedio de 17 años que, al igual que mis compañeros, está repleto de sueños, historias y momentos que hacen de mi vida una experiencia inigualable. Casi siempre cuando nos piden hablar de nosotros parece imposible poder plasmar todo lo que somos en palabras y oraciones básicas que permitan al lector comprender nuestra vida. Ahora bien, es igual de complejo pretender que es posible hilar cada momento de manera consciente y coherente sin tener que suprimir partes que consideramos relevantes en la historia. Sin embargo, este no es un manual para aprender a escribir una biografía, esta es una más de la grandes historias (porque cada vida es una gran historia) que tiene por contar una persona.
Me considero una persona apasionada por la escritura. Puede que no tenga la mejor redacción o una gramática impecable, pero la pasión es algo que no puedo negar. Este gusto inigualable nace del aprendizaje, del que es para mi, mi más grande maestro. Mi abuelo. El Doctor, como le gustaba que le dijeran, era un persona “chapada a la antigua”, pero con la capacidad de respetar cada uno de los ideales individuales de cada ser humano. Él escribía, no por trabajo, no por obligación, simplemente tenía las facultades para ser un gran escritor. Sentado con su pipa y un buen tinto me enseñó de forma indirecta como las palabras podían tener un gran valor, y que utilizadas de forma incorrecta podrían dañar de forma transitoria o permanente a una buena persona. Pero lamentablemente no me enseñó a combatir el duelo de una muerte. Es por eso que en el momento en que él adquiere una forma metafísica (término que empleo con el fin de creer que sigue estando ahí) pensé que mi vida se iba cayendo poco a poco. Años antes de que el suceso más importante de mi corta vida tuviera lugar, tuve que pasar por cosas que podría contar, pero prefiero contar las aprendizajes que adquirí de los de mismos. Un mundo de sucesos no tan buenos que me dieron la posibilidad de pensar que la vida es el mecanismo perfecto para ser feliz, tal como le sucede al ser humano en la mayoría de situaciones en las que se puede perder bastante, yo me aferro, por mínima que parezca, a la capacidad de imaginar el mejor escenario posible. Ser feliz en un espacio en donde cada uno tiene sus altos y bajos es difícil, no lo niego, pero es aún más difícil vivir con la idea de que todo te va a salir mal.
Hasta este momento ya comprendieron de mi que soy una persona común y corriente, feliz, con ganas de ayudar y que ama el olor de la pipa y el tinto. Puede que esto motive a que se pueda entender implícitamente que sea considerado como una persona extrovertida (seguramente esto se deba a mi constante preocupación por los demás, en verdad no tengo una única razón, pero esta es la que más se acerca), simpática y con buena actitud en cada momento. Pero, no se puede ser feliz y tranquila en todo momento, ¿no? Efectivamente, tal como lo mencioné antes los momentos abrumadores y trágicos aparecerán tarde o temprano. Lo más importante en estos casos es aprender a manejarlos, pero de igual manera, un tipo temperamental y que permanentemente está estresado por no poder organizar y controlar todos los eventos, no debería dar consejos sobre cómo la persona debe actuar en determinados espacios. Y aunque se a ciencia cierta que la tranquilidad debe prevalecer siempre, no soy practicante de esa afirmación. Pero, por otro lado, me considero un individuo capaz de respirar, pensar y evitar que los problemas sigan creciendo alimentandolos con quejas.
Para este punto de la reflexión ya las palabras se vuelven escasas sabiendo las cientos de historias que puedo llegar a contar, tal como nos pasa en la vida diaria, la frecuencia de los pasos va disminuyendo y el final del día se acerca. Las palabras puede que se acaben momentáneamente, pero el gusto por escribirlas permanece latente.
Ahora ya saben un poco más de mi, ocasiones especiales se quedan en el tintero, pero uno no puede forzar más un texto cuando las ideas se agotan (el lector sentirá ese esfuerzo a la hora de leer), otra gran enseñanza del Doctor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario