¿Con qué frecuencia contamos nuestra propia historia de vida? ¿Con qué frecuencia ajustamos, embellecemos, hacemos cortes astutos? Y cuanto más dura la vida, menos personas están alrededor para desafiar nuestra cuenta, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra vida, simplemente la historia que hemos contado sobre nuestra vida. Contada a otros, pero principalmente a nosotros mismos.
- Julian Barnes, El sentido de un final
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Andrés Felipe Pinzón Hernández
Universidad del Rosario
Estilos argumentativos 2
En promedio una persona es capaz de dar cerca de 4.000 pasos
al día, es decir, cerca de 28.000 pasos
a la semana. A largo de nuestra vida, independientemente de la edad, nos
encontramos expuestos y rodeados a miles de entornos en nuestra rutina diaria,
es por eso que las situaciones pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos, o
mejor, de un paso al otro. Este, como el de millones de personas en el mundo,
es mi caso.
Mi nombre es Andrés Felipe Pinzón Hernández, un
universitario promedio de 17 años que, al igual que mis compañeros, está
repleto de sueños, historias y momentos que hacen de mi vida una experiencia
inigualable. Casi siempre cuando nos piden hablar de nosotros parece imposible
poder plasmar todo lo que somos en palabras y oraciones básicas que permitan al
lector comprender nuestra vida. Ahora bien, es igual de complejo pretender que
es posible hilar cada momento de manera consciente y coherente sin tener que
suprimir partes que consideramos relevantes en la historia. Sin embargo, este
no es un manual para aprender a escribir una biografía, esta es una más de la
grandes historias (porque cada vida es una gran historia) que tiene por contar
una persona.
Me considero una persona apasionada por la escritura. Puede
que no tenga la mejor redacción o una gramática impecable, pero la pasión es
algo que no puedo negar. Este gusto inigualable nace del aprendizaje, del que
es para mi, mi más grande maestro. Mi abuelo. El Doctor, como le gustaba que le
dijeran, era un persona “chapada a la antigua”, pero con la capacidad de
respetar cada uno de los ideales individuales de cada ser humano. Él escribía,
no por trabajo, no por obligación, simplemente tenía las facultades para ser un
gran escritor. Sentado con su pipa y un buen tinto me enseñó de forma indirecta
como las palabras podían tener un gran valor, y que utilizadas de forma
incorrecta podrían dañar de forma transitoria o permanente a una buena persona.
Pero lamentablemente no me enseñó a combatir el duelo de una muerte. Es por eso
que en el momento en que él adquiere una forma metafísica (término que empleo
con el fin de creer que sigue estando ahí) pensé que mi vida se iba cayendo
poco a poco. Años antes de que el suceso más importante de mi corta vida
tuviera lugar, tuve que pasar por cosas que podría contar, pero prefiero contar
las aprendizajes que adquirí de los de mismos. Un mundo de sucesos no tan
buenos que me dieron la posibilidad de pensar que la vida es el mecanismo
perfecto para ser feliz, tal como le sucede al ser humano en la mayoría de
situaciones en las que se puede perder bastante, yo me aferro, por mínima que
parezca, a la capacidad de imaginar el mejor escenario posible. Ser feliz en un
espacio en donde cada uno tiene sus altos y bajos es difícil, no lo niego, pero
es aún más difícil vivir con la idea de que todo te va a salir mal.
Hasta este momento ya comprendieron de mi que soy una
persona común y corriente, feliz, con ganas de ayudar y que ama el olor de la
pipa y el tinto. Puede que esto motive a que se pueda entender implícitamente
que sea considerado como una persona extrovertida (seguramente esto se deba a
mi constante preocupación por los demás, en verdad no tengo una única razón,
pero esta es la que más se acerca), simpática y con buena actitud en cada
momento. Pero, no se puede ser feliz y tranquila en todo momento, ¿no?
Efectivamente, tal como lo mencioné antes los momentos abrumadores y trágicos
aparecerán tarde o temprano. Lo más importante en estos casos es aprender a
manejarlos, pero de igual manera, un tipo temperamental y que permanentemente
está estresado por no poder organizar y controlar todos los eventos, no debería
dar consejos sobre cómo la persona debe actuar en determinados espacios. Y
aunque se a ciencia cierta que la tranquilidad debe prevalecer siempre, no soy
practicante de esa afirmación. Pero, por otro lado, me considero un individuo
capaz de respirar, pensar y evitar que los problemas sigan creciendo
alimentandolos con quejas.
Para este punto de la reflexión ya las palabras se vuelven
escasas sabiendo las cientos de historias que puedo llegar a contar, tal como
nos pasa en la vida diaria, la frecuencia de los pasos va disminuyendo y el
final del día se acerca. Las palabras puede que se acaben momentáneamente, pero
el gusto por escribirlas permanece latente.
Ahora ya saben un poco más de mi, ocasiones especiales se
quedan en el tintero, pero uno no puede forzar más un texto cuando las ideas se
agotan (el lector sentirá ese esfuerzo a la hora de leer), otra gran enseñanza
del Doctor.
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